Ser buena, en sí mismo, no es un problema. El problema surge cuando esa bondad se convierte en una exigencia rígida que nos hace poner las necesidades de los demás por encima de las nuestras de forma constante.
Cuando ser “demasiado buena” significa que evitamos el conflicto a toda costa, que no sabemos decir que no o que nos sentimos responsables del bienestar de los demás en detrimento del nuestro, entonces deja de ser una virtud y se convierte en una carga. Puede generar agotamiento emocional, sobreactivación y la sensación de que nunca hacemos lo suficiente.
Además, muchas veces esta idea de ser la “chica buena” viene acompañada de la necesidad de encajar, de cumplir expectativas ajenas o de evitar la culpa, en lugar de responder a una verdadera elección personal desde mi propia voluntad, desde el quiero. Si yo crezco con la idea de que ser buenas implica ser complacientes, serviciales y siempre disponibles, no me sentiré bien no siendo “buena”. Sin embargo, eso no es bondad, es autoabandono disfrazado de virtud.
Lo importante es encontrar un equilibrio: poder ser amables y generosas sin descuidarnos, aprender a poner límites sin sentirnos culpables y recordar que podemos ser buenas con los demás sin dejar de ser buenas con nosotras mismas, es algo compatible.
Cada vez que digo sí a todo sin priorizarme, lo que realmente estoy perdiendo soy yo misma. Pierdo mi tiempo, mi energía, mis necesidades, mis deseos. Porque cuando estoy para todo el mundo, pero no para mí, la que se queda vacía soy yo.
Además, cuando intento ser la chica buena, ¿quién decide si realmente lo estoy siendo? Siempre hay alguien que puede pensar que no es suficiente, que debería hacer más, que podría haberlo hecho mejor. Eso demuestra que este rol no es una verdad universal, sino una construcción que depende de la mirada externa. Si basamos nuestra valía en esa validación, nunca será suficiente, porque cada persona tendrá su propia idea de lo que significa ser ‘buena’.
Por eso, en lugar de preguntarnos si estamos siendo lo suficientemente buenas para los demás, deberíamos preguntarnos: ¿Estoy siendo lo suficientemente buena conmigo misma?
¿Cuándo aprendí que tenía que se la mejor?
Esta necesidad de ser perfectas no nace con nosotras, sino que se va construyendo a lo largo de nuestra vida a través de múltiples influencias. Muchas veces, sentimos que “siempre hemos sido así” porque aprendimos este mandato en la infancia, cuando todavía no teníamos la capacidad de cuestionarlo.
Por un lado, está la educación y el entorno familiar. Si crecimos en un ambiente donde se nos premiaba por ser obedientes, responsables y por cumplir expectativas sin quejarnos, es posible que hayamos asociado nuestro valor con el hecho de hacerlo todo bien y no defraudar a nadie. A veces, sin darnos cuenta, internalizamos la idea de que ser queridas depende de cumplir con todo esto.
Por otro lado, la cultura y la sociedad también refuerzan esta exigencia. Se nos ha enseñado que debemos ser cuidadoras, comprensivas y estar emocionalmente disponibles para los demás. Además, los estándares de éxito nos piden ser brillantes en el trabajo, tener una vida social activa, una familia equilibrada y, por si fuera poco, mantenernos impecables físicamente. Todo al mismo tiempo y sin margen de error.
Por último, en algunos casos, la necesidad de perfección surge como un mecanismo de defensa. Si en algún momento de nuestra vida sentimos que teníamos que esforzarnos más para ser vistas, queridas o aceptadas, es posible que hayamos desarrollado la creencia de que si somos perfectas, nadie nos rechazará ni nos cuestionará. Puede conectar con diferentes heridas internas mías.
El problema es que la perfección no existe. Es una meta inalcanzable que nos mantiene en un estado de autoexigencia constante y nos impide disfrutar de lo que realmente somos.




