Young man with sticky notes on his face representing creative office thinking and multitasking.

El poder de las etiquetas

Las etiquetas no son universales. Lo que para mí tiene un significado concreto, para ti puede tener otro completamente distinto.

¿Qué significa ser “una persona atenta” para ti? ¿Y para mí? Detrás de cada palabra hay expectativas, matices y exigencias que muchas veces no explicitamos. Lo mismo ocurre con las etiquetas que ponemos a las relaciones: no significan lo mismo para todas las personas, pero aun así actuamos como si sí lo hicieran.

Algunas etiquetas son claramente negativas: limitan, encorsetan y acaban funcionando como profecías autocumplidas. Pero también hay otras que, en apariencia, son positivas y que en realidad operan como “caramelos envenenados”. Etiquetas como “la mejor”, “la fuerte” o “la que puede con todo” pueden alimentar la autoexigencia, generar expectativas rígidas y sostener una sensación constante de no ser suficiente.

Aquí es clave hacer una distinción importante: no es lo mismo lo que hacemos en un momento puntual que lo que somos.

Si un día estás cansada, no significa que seas vaga. Diferenciar entre “lo que he hecho” y “lo que soy” es fundamental para no construir identidades rígidas a partir de situaciones concretas. Entonces, ¿por qué nos creemos esas etiquetas y actuamos como si definieran quiénes somos? Porque, en muchas ocasiones, las hemos interiorizado hasta convertirlas en parte de nuestra identidad. Se vuelven una especie de guion interno desde el que interpretamos lo que nos pasa.

Sin embargo, sostener ciertas etiquetas puede ser profundamente exigente. Ser “la mejor estudiante”, por ejemplo, implica una presión constante: rendir siempre, no fallar, cumplir expectativas. ¿Y qué pasa cuando no llego? ¿Cuando no soy la mejor? Es fácil que aparezcan sentimientos de fracaso, de inadecuación o de incompetencia, y esa idea de “no soy suficiente”.

Una vía interesante es transformar esas etiquetas a través del lenguaje. Cambiarlas por otras más amables, más flexibles y más realistas.

Pasar de ese “caramelo envenenado”. No es lo mismo ser “la mejor estudiante” que “hacerlo en los estudios lo mejor que pueda”. En ese pequeño cambio hay más espacio para el error, para el descanso, para lo humano.

Cuando aprendemos a detectar estas etiquetas, también podemos empezar a cuestionarlas y sustituirlas por otras que fomenten la autocompasión, la aceptación y la posibilidad de desarrollarnos sin tanta presión.

Un ejercicio útil para empezar a desprendernos de ellas es preguntarnos: ¿de dónde viene esta etiqueta? ¿Quién me la puso? ¿En qué momento empecé a creerla? A veces, entender su origen es el primer paso para dejar de vivir bajo su peso.